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Aprendiendo a competir

Existe una frase que todos hemos escuchado alguna vez y es: “lo importante es participar”.

Cuando alguna vez se pronuncia esta frase algunas personas rebaten rápidamente la misma hasta incluso alterarse y llegar a enfado. Sus argumentos son “si no juegas para ganar entonces no ganaras nunca” o “se juega para ganar”. Alguno va más allá y afirma con autoridad “ganar lo es todo en la competición”.

Consciente de que estas líneas pueden escocer a más de uno y discrepar totalmente acerca de esta visión sobre el deporte o competición, en cualquier caso toda crítica hecha con buena intención y ganas de ser positiva se acepta con todo cariño.

Sucede que vemos con mucha asiduidad y por desgracia, en muchas competiciones con demasiada frecuencia, situaciones llenas de frustración, sufrimiento, tristeza ira, rabia y agresividad. Estos actos en los que seguramente todos hayamos caído alguna vez no son más, que la excesiva importancia que se le otorga a la competición.

Medios de comunicación, aficionados y empresas han convertido nuestro deporte, el Fútbol, en un grandioso negocio, dónde se mueven grandes cantidades de dinero, a veces tan mareantes que como dirían nuestros amigos andaluces “Que quitan el sentio”. Nos hemos acostumbrados tanto a estas cifras que parece incluso hasta normales en ocasiones. Si algo nos dicen estas situaciones, es que estamos hablando de un deporte que ha adquirido una gran relevancia. En este caso el Fútbol, la competición por excelencia.

 

¿Pero, qué es competir?

Si buscamos en el diccionario quiere decir ”luchar por un mismo fin”.

Desde bien pequeños competimos a todas horas por un trozo de pan, por un cromo, por un regalo, por dinero, en el colegio por unas notas mejores que las de el resto, etc. Nos dicen “estudia mucho” para así el día de mañana puedas ganarte bien la vida y optar a cosas que otros no podrán, etc.

Dicen y explican que competir ayuda a crecer en autoestima (siempre que ganes claro), que te ayuda a superarte a ti mismo y que sirve para ser más fuerte en todos los aspectos.

 

Ahora veamos la realidad.

La realidad es que para que exista competición se necesitan contrincantes, alguien contra quién competir.

Decíamos que también compites contra ti mismo, cuando tratas de superarte, pero parece que esto no es suficiente para el ser humano y de ahí que se busquen rivales para tratar de ganar y quedar por encima, como si eso demostrase algo.

Si has sido deportista, o si lo eres, trata de recordar cualquier día en el que ibas a jugar, perdón “competir”, y te encontraste con que el rival no se había presentado. Si os ha sucedido alguna vez recordarás que siempre había dos grupos de jugadores, aficionados o padres, que en aquel momento uno de esos grupos se alegraban porque ganaban sin jugar ya que no se presento el rival y los que se entristecían por no poder jugar. Si eres de estos últimos seguro recuerdas el sentimiento de vacío y decepción que tuviste por no poder jugar.

Entonces acabas de ver la realidad, el rival es un colaborador. Sin rival no hay juego, sin colaborador no hay posibilidad de hacer lo que más te gusta, disfrutar jugando, ni existe la oportunidad de mejorar tus habilidades, probar cosas nuevas o ver hasta dónde has progresado con todo el entrenamiento que has ido realizando. Esto indica la profunda gratitud, que si se actuase con coherencia, sentiríamos hacia nuestro “rival colaborador” por poder compartir el juego que ambos amamos.

Como decíamos al principio, vemos montones de patadas a destiempo en partidos, vemos ira descontrolada en ocasiones con golpes de todos los colores, vemos rabia hacia el rival como si este fuera un problema en lugar de realmente ser una bendición. Desde hace mucho tiempo se ha instaurado el ganar a costa de lo que sea, es decir, a toda costa. Esto incluye olvidarse de la importancia que tiene el hecho de que enfrente tengamos un grupo de jugadores que comparten tus ilusiones y habilidades.

Con esto no se quiere decir en este artículo, que salgamos todos de la mano porque lógicamente cada uno defenderá sus intereses pero desde luego si queremos hacer ver, el respeto que hay que tener por el rival sea quién sea. Así pasaremos de querer ganar, ganar y ganar a querer hacerlo respetando al rival desde la gratitud del que se sabe ayudado.

Si observamos a los más pequeños y los dejamos un rato libremente actuando nos daremos cuenta que rápidamente se asocian y juegan. Considerando en este caso el futbol, esto es lo que hacen: nombran unos capitanes, echan pares y nones (o piedra papel y tijera) y eligen a sus equipos. Cada uno va cogiendo lo que más le importa y si encima saben jugar con más habilidad mejor, pero sobre todo cogen a sus amigos más íntimos. Pero eso no es lo curioso, lo curioso es que juegan, se pitan las faltas, hacen sus reglas, las respetan y gane quien gane quedan al día siguiente para volver a jugar. Sí, igual que hacíamos los mayores cuando éramos pequeños.

Entristece ver ciertas acciones, todo por querer ganar, como insultos, amenazas, descalificaciones a la labor que hacen ciertas personas, competitividad hasta en los propios equipos de compañeros o club, y que todas, todas, todas ellas tengan una raíz común, “ los mayores”, bien sean entrenadores, padres, hermanos o madres, es curioso, pero llegan a tratar de influir, amedrantar e incluso faltar al respeto a personas que al igual que tu hijo, hermano o discípulo, tienen la misma edad y comparten sus mismas ilusiones.

Si tu hijo, tu nieto, tu hermano, tu alumno, tu discípulo juega y lo hace por divertirse, y por supuesto con las ganas de ganar, ¿porque no sólo le acompañas, le animas y le das aliento?.

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