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Final

“La Biblia cuenta una historia…” así iniciaba Barón Rojo su Hijos de Caín. Si hubiese sido Barón Rojiblanco casi podría empezar igual, remontándose a lo que para muchos es previo a su propio Génesis, tras la tan mediática “última victoria” precediendo a la que nunca llega, y más aún si vamos hasta aquella final de Copa del 92 en el Bernabéu.

El viernes nuevamente Caín y Abel lucharán por el paraíso. Al día siguiente de nuevo sabremos si la copa sigue siendo una competición devaluada o, si por el contrario, es un título de máxima importancia que vuelve a levantar cabeza desde su aclamado punto álgido de las últimas décadas con el gol de Cristiano en Mestalla. Trofeo de plástico o trofeo de platino para la prensa. Dependerá del ganador. Se verá al término del partido.
En el texto siguiente extraído del libro “El fútbol tiene música” de J.A.Martín “Petón”, narra algún entresijo de aquella última final, dentro de un contexto de reconocimiento a Luis Aragonés como artífice de la resurrección del fútbol español a nivel de selección rompiendo el maleficio de los cuartos y siendo el germen de lo que vendría después:

“Si un día os despistáis a un costado de Fuencarral, allá donde aún hay campos madrileños, el pueblo-barrio de Hortaleza os recibirá por una avenida que se llama Hipólito Aragonés.

Una calle dedicada a un buen ejemplar de hombre. Frontal, generoso, era fácil que al volver de los campos a su casa de Las Cárcavas hubiera dos docenas de menesterosos comiendo en la gran mesa familiar junto a los hijos. Cuando murió con solo 50 años, el pueblo que había llevado a hombros se catafalco fue hasta la alcaldía a exigir que el nombre de Hipólito Aragonés quedara grabado para siempre en la memoria de Hortaleza. Su calle nació aquel día. Entre los chavales que quedaban huérfanos de tan excepcional compañía, uno, espigado, sarmentoso, listo, carismático, feo, fuerte y formal, lloraba hacia dentro lo que se le iba y lo que iba a no poder regalarle al que se iba. Porque Luis, el hijo, había nacido futbolista bueno.

Delantero y goleador. El Real Madrid, su club, le cedió al equipo donde crecían sus jóvenes: el Plus Ultra. En el precioso campo soterrado de la Ciudad Lineal donde jugaba de azul el cuadro asegurador ganó Luis su primera oposición a futbolista caro.

Luego pasó por Getafe; allí le llamaban “Plomo” por sus andares. Parecía que le esperaba el primer equipo del Madrid, pero el sueño se caía un poco antes de empezar cada temporada. Así pasó por Oviedo, por Huelva y por el Benito Villamarín. Cuando, ya propiedad del Real Betis, vino a jugar a Chamartín, narra la desconocida historia madridista que Santiago Bernabéu hizo retumbar las paredes de Concha Espina con las voces que les dio a sus técnicos por haber dejado escapar al larguirucho interior de los verdiblancos.

La risa de los barrios de enfrente fue pequeña cuando el espigado, sarmentoso, listo, carismático, feo, fuerte y formal jugador, cruzó la Castellana para hacerse de Cuatro Caminos: el Atlético de Madrid.

Luis llegó al Atlético junto a Colo y Miguel Martínez, “Panocha”, que en su debut con el equipo cayó en coma y ya no despertaría. Fue titular desde el primer día y estrella colchonera para siempre. Es el número once de la lista de goleadores españoles, el primero de los que no eran específicos delanteros. Batir esa marca, compañeros, os va a costar un poquito.

Ganó con el Atlético ligas y copas. No consagró para la eternidad su maestría en las faltas, como hizo Koeman, porque el gol, que le daba la Copa de Europa al Atlético de Madrid, fue anulado un 15 de mayo en Bruselas por un alemán al que Dios confunda.

Después Luis pasó del campo al banquillo y, para empezar, hizo al Atlético de Madrid Campeón del Mundo. Tras la Intercontinental, copas, ligas y otros equipos.

Al final siempre el Atlético. Cuenta emocionado Bernard Schuster que en la preparación de la final que el Atlético ganó en el Bernabéu al Madrid (27 de junio del 92) con un gol suyo y otro de Futre, Luis los reunió antes del partido, colocó la pizarra, dibujó meticulosamente todos los movimientos propios y todos los del contario. Todos los individuales y todos como equipo. Todas las estrategias. Y golpeando la pizarra preguntó: “¿Lo han entendido? ¿Lo han entendido? ¡ Sí, pues esto, esto, no vale una mierda¡ ¡ Lo que vale es que sois mejores y que estoy hasta los huevos de perder en este campo ¡ ¡ Lo que vale es que sois el Atlético de Madrid y hay cincuenta mil ahí dentro que van a morir por vosotros¡ Y nosotros tenemos que morir por ellos. ¡Hay que morir por ellos, por la camiseta, por vuestro orgullo¡ ¡Hay que salir y decir en el campo que solo hay un campeón y va de rojo y blanco¡ Hay que salir y ganar y ganar y ganar y ganar y ganar…”

Cuenta Bernard Schuster que nunca jamás salió tan ardiente a un campo y tan convencido de la victoria. En el banquillo, tras el dos cero, un tipo espigado, sarmentoso, listo, carismático, feo, fuerte y formal, sonreía hacia dentro porque otra vez había diseñado a su antojo el camino de la victoria. Y la hinchada, los 50.000 se iban haciendo centenares de miles camino de Neptuno cantando su nombre.

En su carrera vinieron después el Barça, el Español, el Betis, el Sevilla, el Valencia, la última hazaña del Oviedo, salvando la camiseta azul por delante de tres grandes de los suyos, Atlético, Betis, Sevilla, que se fueron a segunda, y la mejor clasificación, con los mejores récords, en la historia del Mallorca.
También fue el seleccionador de España que nos devolvió la Copa de Europa y la fe en nuestro juego. Por defender lo suyo es capaz de arriesgar todo, de decirle la puñetera verdad a los ingleses, aunque sea lo más políticamente incorrecto del mundo. La verdad a quien la quiera y a quien no la quiera, la verdad. Y le podrán discutir que “pa eso estamos”, pero dice la historia que clasificó a España para un Mundial y que en diecisiete partidos jugados perdió ninguno. Perdimos contra Francia en un partido extraño, y empezó mal la fase de acceso a la Eurocopa.

Cuando los pronósticos le colocaban en el INEM de Alcobendas su equipo pasó a jugar de maravilla y a ganar, a ganar, a ganar… y contra los agoreros estuvo Luis para hacer una de las suyas dando un golpe en la pizarra que hizo retumbar al estadio todo.

El eco decía: “La maldición de cuartos pa los cobardes”. Los jugadores miraron al banco y se sintieron seguros porque en el banco había un tipo, al que mantearon luego, espigado, sarmentoso, listo y carismático. Feo, fuerte y formal como le cantó el gran Loquillo a uno de su corte, John Wayne.
Después marcó Fernando Torres. Y alzando la Copa de Europa todos sabían que un poco después, apenas un par de años, marcaría Andrés Iniesta.
Hortaleza se echó a la calle para celebrarlo. A la calle Hipólito Aragonés”

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